viernes, 18 de diciembre de 2015

Faulkner, perdóname.

Últimamente, cuando me tumbo en la cama y apago la luz empieza una conversación conmigo que a veces es pensar en ti, pero que siempre es pensar en vos. Que a veces he llamado soñar, pero que no es un sueño, porque estoy pensando, a veces en ti y siempre, siempre, en vos; porque cuando pienso en ti recuerdo que a vos nunca te trato de tú. Pienso en ti, que me destrozaste la vida cuando era una niña de 18 años, porque cuando se tienen 18 años se es un niño, aunque digan que eres un adolescente y legalmente seas un adulto, aunque sientas que lo eres, incluso aunque de hecho seas un adulto, eres un niño. Y sí, tú me destrozaste la vida. No la vida que tenía sino la que estaba por venir, la que habría vivido y no viviré porque tú me la robaste antes de que sucediera, para que no pudiera suceder. Y vos, que no lo conociste, sufriste la ruina del futuro, el nuestro, que aún no habíamos construido, ni construiríamos por culpa suya, la de él, al que no conociste en sí pero sí a través de mí, que era su obra. Una obra sin terminar, que era yo, y era suya, construida por vigas carcomidas, no una vez puestas, sino carcomidas antes, antes de cortarse el tronco, antes siquiera de que hubiera un árbol con un tronco, carcomidas desde la semilla. Y vos terminaste de completarme, de completar la obra que él había empezado, que era yo, una obra de vigas que se desmoronaban y que vos terminaste de tirar a fuerza de “te quiero”. Vos, que eras el amor de mi vida, porque yo sé que lo eras y vos también lo sabías, aunque no supieras aún si yo lo sería de la tuya, vos, por ser el amor de mi vida, no pudiste serlo. Por serlo, no pudiste, por eso y por él, el miedo. Y no hablo del miedo a quererte, que ese nunca lo tuve, ni siquiera hablo del de perderte, porque no se puede tener miedo a lo que se sabe con seguridad. Tampoco fue, o no fue, si lo prefieres, por culpa del tuyo, que era un miedo lógico que nacía de quererme sin  miedo (vos sabés que se siente pánico cuando se quiere sin miedo a querer, porque vos me querías así). Así que no, no fue por tu miedo, sino por el mío, que no era un miedo a quererte, porque yo te quería, ni a perderte, porque ya te había perdido, y que durante un tiempo lo llamé "miedo a ser feliz", pero que no lo era porque yo, hoy lo sé, quería ser feliz. Un miedo lento y antiguo que se construyó en la infancia de mis 18 años para destruirlo todo. Precisamente todo. Porque yo, que no tenía nada, el día que lo tuve todo lo puse sobre esas vigas carcomidas desde la semilla y mi ruina se tambaleó, pero no se cayó, aún no, y entonces vos dijiste "te quiero" y yo lo puse sobre la ruina, que ya no era solo mía sino nuestra, lo puse y la sobrecarga amenazó derrumbe y, a pesar de la carcoma que venía fraguándose desde la semilla, nuestra ruina, que ya no era solo mía, tampoco ahora se cayó. No, no fue por la carcoma ni por los “te quiero”, el golpe final fue el miedo, el mío. No el miedo a quererte, ni a perderte, ni a ser feliz, el miedo mío, mi miedo, el antiguo, el que venía desde los 18 años junto con la carcoma, o que era la carcoma misma, la de la semilla, el miedo que vino a golpearme cuando lo tuve todo y encima los “te quiero”, los tuyos, tambaleándose. El miedo que no era un miedo a ser feliz, sino porque no lo era. Un miedo que existía antes de que fueras el amor de mi vida, pero que fue importante entonces, cuando lo fuiste y yo descubrí que mi miedo era cierto. Un pánico terminante, que llamaré terminal, porque ahí estabas vos, confirmándome en cada “te quiero” que yo lo tenía todo y no era feliz.

lunes, 6 de julio de 2015

Cortázar, perdóname.

  Y si vuelvo a escribir, ¿no estaré confirmando que ha vuelto la infelicidad? "Estás mejor", dice la misma gente que ayer afirmaba "no se te nota que estés deprimida, no pareces enferma, pareces normal". Normal, esa convención.

  Normal, ¿quién quiere ser normal?, ¿quién quiere mirarse al espejo y sentir que no hay nada al otro lado?, ¿quién quiere ver el mundo sin maravillarse?, ¿o sentarse a leer a la sombra de un árbol y que pase un conejo marrón, desnudo, de campo, normal?

  Prefiero ser Caperucita en un bosque que se quema. Prefiero ser Cenicienta y que me sangren los pies, Rapunzel rapada o una sirena de piedra, antes que abandonarme a la gran costumbre. No quiero sentir que todo está bien o que es lógica la vida. No quiero levantarme y no sentir que me muero. Prefiero ser yo muriéndome...

  Elijo el Gran Tornillo, la locura que nos cura de la normalidad, de la rutina, del trabajo que cotiza y la cocina americana, del instinto maternal y de las ganas de ir al gimnasio. Elijo, no porque pueda dejar de ser yo y ser otra, sino porque hoy veo esto que soy, la parte que puedo ver de lo que soy, y lo abrazo, si es que puede uno hacer las paces sin perdonarse, y me digo "está bien ser así y no poder cambiar, está bien y me gusta, está bien, está mejor que ser quien no soy, está bien porque podría pensar que está mal pero elijo creer que está bien".

  Renuncio a ser normal. Y a esta gran renuncia le llamo elección.

lunes, 22 de junio de 2015

Carpentier, perdóname.

  Estos intentos diarios de escribir que no son más convincentes que los propósitos de año nuevo o que las dietas que se empiezan un lunes. Estos ejercicios de estilo, sin estilo. Este vuelvo a escribir por si pudiera ser que a lo mejor y con mucha suerte saliera por fin algo bueno, algo que no escribí antes..., y empiezo siempre escribiendo lo mismo.

  Quizá porque las palabras conocidas son el agarre dentro de las hojas vacías, quizá porque son la seguridad que palia el pánico blanco. Quizá porque necesito un escalón al que subir para perdonarme que no haya escaleras. Quizá porque estoy colocando las guías para escalar hacia abajo, o porque necesito un bosque de letras antes de pararme a plantar la semilla de un árbol centenario. Quizá porque necesito ver los años que vendrán antes de pararme a dibujar los anillos en un tronco muerto.

  He puesto el mar en la cima de las montañas para que sea el principio de los ríos que ayer murieron en el cielo. He guardado el papel de los regalos que nunca te hice, y he pintado con esmalte rojo los trocitos de las uñas que me he cortado. Vengo de donde nunca estuve, y fui de nuevo a los sitios donde hubiéramos ido si el tiempo no fuera este delirio lineal.

   Escribo hacia atrás, igual que vivo, metiendo mariposas en capullos. Y aprieto fuerte la mandíbula para meter los dientes en las encías, mientras oigo a Carpentier aconsejarme que deje de recoger la cera de las velas, que basta con dejarlas encendidas y verlas crecer lentamente, "perdiendo sudores", volviendo a las manos de los cereros que las hicieron, que las deshacen y van a las colmenas a devolver a las abejas lo que es suyo.

  Estoy parafraseando lo que yo hubiera querido escribir en el futuro que nunca tendré. No hay perdón.