domingo, 30 de marzo de 2014

Enmudeceré.

    Por mi necesidad de saber quién soy, me busqué en todos los personajes hasta olvidar mi nombre y me asusté. Por no renunciar a ninguna de las niñas y mujeres que fui, me hice actriz y no sirvió. Sentirme cierta en el escenario por verme viva en los ojos de la gente fue una mala idea: los focos me deslumbraron y el lugar de las butacas quedó negro, sentí pánico ante el vacío y el silencio de los aplausos.
   Actúo porque sólo puedo ser si soy alguien para alguien, pero fracaso porque a penas soy la fantasía de algunos. Existo para que me imaginen desnuda, degradada, penetrable, a cuatro patas. Inspiro poemas obscenos que me halagan a falta de dignidad. A veces soy la imagen de la nostalgia, como pudieran serlo la cándida adolescencia o una playa en invierno.
   Mi última actuación vendrá a ser la renuncia a mi voz maltratada. Seré uno de esos enigmáticos personajes mudos, tan literarios, tan románticos. Por supuesto, tampoco me encontraré en ese papel, nunca protagonista, limitada a ser parte del aura mágica de la historia, la niña muda que completa el conjunto de casa abandonada, jardín descuidado y otoño atemporal.
   Alguien vendrá, porque siempre viene alguien, a caer en la red de  mis ojos verdes y mis silencios. Creerá que puede salvarme, sacarme de mí y hacerme hablar; cuánta osadía. Lo miraré vulnerable, mentiré con los ojos la necesidad de un amor y él caerá, como cayeron todos. Le regalaré la parodia que espera, seré cierta para él a pesar de los múltiples avisos de ficción, pobre incapaz.
   Pero si mirase bien, comprobaría que él no está reflejado en mis pupilas y toda mi mentira estallaría contra el suelo, espejo recurrente. No habría entonces casa ni jardín ni otoño, por supuesto, tampoco yo estaría sola y muda. Si sólo una persona me viera de verdad, yo volvería al mundo cierto de las personas razonables que hablan, compran pan y tienen perro. Mi mundo inventado se sostiene porque ellos entran y me creen como se cree en los presagios o la luna, condenada por su ceguera, ven a la niña que yo interpreto para ellos, en una farsa tan perfecta, que todos me desvirgaron y sangré.
   Hoy hay reestreno, si vienes, apláudeme.

jueves, 27 de marzo de 2014

Sobreactuada.

  Me sobran todas las horas de todos los días de todos los años que me quedan por vivir. Llenar el tiempo es mi farsa diaria, un esfuerzo sin recompensa, un actuar para el resto, vendiendo esta imagen encantadora que ojalá se pareciera en algo a mí.
   Te miento por si te sirve, porque me sirve, porque quizá pueda engañarte el tiempo suficiente como para hacerte feliz el rato que me concedes. Soy todos los personajes de mis novelas preferidas a fin de protagonizar todas tus fantasías, confiando en ser un día todas las mujeres y que las quieras a través de mí, por mí, contra mí, desde mí, sin mí.
   Y nada importaría todo esto si yo consiguiera que el palco se levantara a aplaudirme... pero no soy actriz y el guión no vale una mierda, no hay pacto con el público ni aceptación literaria. Me descubro sobreactuando, perdida en cientos de papeles, mezclando mis discursos, como se mezcla la comida en el estómago, y suplico que al menos me dejen un descanso para ir a vomitar, pero el público espera, el telón no baja y yo sigo hablando en un monólogo interminable y absurdo, alegoría de mi no saber vivir ni escribir ni comer ni amar, cosas tan sencillas que yo complico hasta el caos

martes, 25 de marzo de 2014

Me odio por dolerme.

   La pena de dentro es la vida de fuera, esa verdad que no comprendo. El mundo me duele en los huesos: una artrosis del alma, una angustia de los cartílagos, un infarto que desearía fuese cardíaco. Y aquí el dolor no me hace sentirme viva ni cosa cierta, la separación con la realidad aumenta a diario y seguro llegará el día en que deje de sentirme a mí para sentir sólo este dolor que hasta hoy es lo único sensible, mi única percepción. Tocarme no sirve, mis manos me duelen más allá de mi cuerpo, ignorantes de mi dolor que sería el suyo si aún fuesen mías; los ojos sólo me sirven para sospechar que esa que no soporto mirar soy yo; el oído me es desconocido y subo el volumen para no oírme a mí lejos de mí gritándome no sé qué consejos de salvación; el gusto lo perdí en fumar y masticar chicle hasta el colmo; el olfato me anuncia la muerte, el paso de las estaciones, la nostalgia de una lluvia por caer, el hedor de mi cuerpo putrefacto quién sabe cuándo, quizá dentro de mucho tiempo, quizá dentro de poco, si tengo suerte.
 
  Por supuesto, me odio por esto.
 
   Mi odio es contra mí, de mí hacia mí misma y Misma también me odia porque mi odio la obliga a odiarse y su orgullo se rebela contra su odio, aumentándolo a cada segundo, haciendo de ese odio un odio distinto del que fuera mío. Se odia por odiarse y, aunque en último término la culpa siga siendo mía, el odio es otro.
   Misma y yo nos odiamos y ser yo misma se complica; odiosas, odiadas y odiando. Odiamos nuestro ser vivas, ser pensantes, ser en el mundo, con el mundo, fuera del mundo y nunca dentro. Odiamos nuestro reflejo, que es el mismo en los espejos pero distinto más allá de ellos. Decimos no al cuerpo, a los ojos verdes, al pelo fino y rizado. El odio se hace verbal y discutimos, gritamos, nos insultamos, de mediador el espejo y llorando de rabia acrecentamos nuestro odio ante la imagen descompuesta, desencajada, desmaquillada, descubierta a la verdad de lo que somos.

  Estoy condenada a ser yo misma, repitiéndome como los caballitos que giran o el ajo.

Del blanco al negro.

   La escritura como terapia al agrafismo crónico. Escribir de nada, sin creación, sin planes ni técnica. Deslizar el boli sobre el folio y sorprenderse de cada letra que aparece por una suerte de magia que me fascina. Llenar el espacio en blanco con nada, diluirse, ser nada de nada. Tan parecido a vivir, llenar el tiempo, trabajar, comprar, sentirme guapa y nada, quedar, una cerveza, un paseo, un kilo menos, ojalá y nada.
   Llenar el tiempo cansa. Esforzada por vivir hacia fuera, miro cada vez más hacia adentro. Próxima semana planificada, llena de nada, organizada muy lejos de mí, misma no va a perdonármelo nunca, el rencor es insalvable.
   El cansancio me hace tangible, como fumar. Fumo y puedo tocarme, sentirme viva porque me mata, por respirar ahogándome y toser y escupir sangre, por el humo que me quema y me llena y me destruye, por el sabor que anula todo lo demás y me permite concentrarme solo en esta verdad, por asquerosa que sea. El resto sigue siempre lejos, no tranquilamente lejos, demasiado fácil.
   Es pronto de tan tarde, amanece como una condena y no hay tiempo. Ayer estaba viviendo, mañana espera, ahora estoy muerta. El instante es una muerte constante, no hay negrura ni túnel ni miedo, pero es muerte igual; ella viene lo mismo.
   La muerte ha de ser como un negro infinito, sin necesidad de hacer ni preocuparse, sin pérdida de tiempo ni búsqueda de motivos. La paz
    Los motivos para saltar están ahí siempre, viven conmigo. Para seguir solo un motivo, que no está, que no me conoce. Un motivo que es único, sin sustitutos, sin ayuda, que lo es todo, sin futuro ni esperanza. Seguir sin él no es posible, seguir tampoco, desaparecer imposible. No hay paz.