martes, 25 de marzo de 2014

Me odio por dolerme.

   La pena de dentro es la vida de fuera, esa verdad que no comprendo. El mundo me duele en los huesos: una artrosis del alma, una angustia de los cartílagos, un infarto que desearía fuese cardíaco. Y aquí el dolor no me hace sentirme viva ni cosa cierta, la separación con la realidad aumenta a diario y seguro llegará el día en que deje de sentirme a mí para sentir sólo este dolor que hasta hoy es lo único sensible, mi única percepción. Tocarme no sirve, mis manos me duelen más allá de mi cuerpo, ignorantes de mi dolor que sería el suyo si aún fuesen mías; los ojos sólo me sirven para sospechar que esa que no soporto mirar soy yo; el oído me es desconocido y subo el volumen para no oírme a mí lejos de mí gritándome no sé qué consejos de salvación; el gusto lo perdí en fumar y masticar chicle hasta el colmo; el olfato me anuncia la muerte, el paso de las estaciones, la nostalgia de una lluvia por caer, el hedor de mi cuerpo putrefacto quién sabe cuándo, quizá dentro de mucho tiempo, quizá dentro de poco, si tengo suerte.
 
  Por supuesto, me odio por esto.
 
   Mi odio es contra mí, de mí hacia mí misma y Misma también me odia porque mi odio la obliga a odiarse y su orgullo se rebela contra su odio, aumentándolo a cada segundo, haciendo de ese odio un odio distinto del que fuera mío. Se odia por odiarse y, aunque en último término la culpa siga siendo mía, el odio es otro.
   Misma y yo nos odiamos y ser yo misma se complica; odiosas, odiadas y odiando. Odiamos nuestro ser vivas, ser pensantes, ser en el mundo, con el mundo, fuera del mundo y nunca dentro. Odiamos nuestro reflejo, que es el mismo en los espejos pero distinto más allá de ellos. Decimos no al cuerpo, a los ojos verdes, al pelo fino y rizado. El odio se hace verbal y discutimos, gritamos, nos insultamos, de mediador el espejo y llorando de rabia acrecentamos nuestro odio ante la imagen descompuesta, desencajada, desmaquillada, descubierta a la verdad de lo que somos.

  Estoy condenada a ser yo misma, repitiéndome como los caballitos que giran o el ajo.

1 comentario:

  1. Recuerda que eres tan buena como lo mejor que hayas hecho en tu vida.

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