Estos intentos diarios de escribir que no son más convincentes que los propósitos de año nuevo o que las dietas que se empiezan un lunes. Estos ejercicios de estilo, sin estilo. Este vuelvo a escribir por si pudiera ser que a lo mejor y con mucha suerte saliera por fin algo bueno, algo que no escribí antes..., y empiezo siempre escribiendo lo mismo.
Quizá porque las palabras conocidas son el agarre dentro de las hojas vacías, quizá porque son la seguridad que palia el pánico blanco. Quizá porque necesito un escalón al que subir para perdonarme que no haya escaleras. Quizá porque estoy colocando las guías para escalar hacia abajo, o porque necesito un bosque de letras antes de pararme a plantar la semilla de un árbol centenario. Quizá porque necesito ver los años que vendrán antes de pararme a dibujar los anillos en un tronco muerto.
He puesto el mar en la cima de las montañas para que sea el principio de los ríos que ayer murieron en el cielo. He guardado el papel de los regalos que nunca te hice, y he pintado con esmalte rojo los trocitos de las uñas que me he cortado. Vengo de donde nunca estuve, y fui de nuevo a los sitios donde hubiéramos ido si el tiempo no fuera este delirio lineal.
Escribo hacia atrás, igual que vivo, metiendo mariposas en capullos. Y aprieto fuerte la mandíbula para meter los dientes en las encías, mientras oigo a Carpentier aconsejarme que deje de recoger la cera de las velas, que basta con dejarlas encendidas y verlas crecer lentamente, "perdiendo sudores", volviendo a las manos de los cereros que las hicieron, que las deshacen y van a las colmenas a devolver a las abejas lo que es suyo.
Estoy parafraseando lo que yo hubiera querido escribir en el futuro que nunca tendré. No hay perdón.