La escritura como terapia al agrafismo crónico. Escribir de nada, sin creación, sin planes ni técnica. Deslizar el boli sobre el folio y sorprenderse de cada letra que aparece por una suerte de magia que me fascina. Llenar el espacio en blanco con nada, diluirse, ser nada de nada. Tan parecido a vivir, llenar el tiempo, trabajar, comprar, sentirme guapa y nada, quedar, una cerveza, un paseo, un kilo menos, ojalá y nada.
Llenar el tiempo cansa. Esforzada por vivir hacia fuera, miro cada vez más hacia adentro. Próxima semana planificada, llena de nada, organizada muy lejos de mí, misma no va a perdonármelo nunca, el rencor es insalvable.
El cansancio me hace tangible, como fumar. Fumo y puedo tocarme, sentirme viva porque me mata, por respirar ahogándome y toser y escupir sangre, por el humo que me quema y me llena y me destruye, por el sabor que anula todo lo demás y me permite concentrarme solo en esta verdad, por asquerosa que sea. El resto sigue siempre lejos, no tranquilamente lejos, demasiado fácil.
Es pronto de tan tarde, amanece como una condena y no hay tiempo. Ayer estaba viviendo, mañana espera, ahora estoy muerta. El instante es una muerte constante, no hay negrura ni túnel ni miedo, pero es muerte igual; ella viene lo mismo.
La muerte ha de ser como un negro infinito, sin necesidad de hacer ni preocuparse, sin pérdida de tiempo ni búsqueda de motivos. La paz
Los motivos para saltar están ahí siempre, viven conmigo. Para seguir solo un motivo, que no está, que no me conoce. Un motivo que es único, sin sustitutos, sin ayuda, que lo es todo, sin futuro ni esperanza. Seguir sin él no es posible, seguir tampoco, desaparecer imposible. No hay paz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario